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Cómo aniquilan los smartphones poco a poco el planeta sin que nadie se dé cuenta


Aunque para muchos esto pasa desapercibido, el mercado de los smartphones es quizás la principal muestra que tenemos acerca del alto nivel de consumismo actual. A través de la obsolescencia programada, la industria empuja a los consumidores a una necesidad de cambiar de teléfono cada año, pues con pequeñas mejoras introducidas periódicamente en los nuevos lanzamientos, se nos hace creer que nuestros dispositivos actuales ya son anticuados.

Lo más preocupante de esto no es precisamente la cantidad de dinero que tienen que gastar las personas para tener siempre “el último smartphone”, sino el impacto negativo que esta práctica genera en el medio ambiente. Las alarmas han comenzado a sonar luego de que un grupo de investigadores demostrará recientemente en un análisis que el simple hecho de comprar un nuevo smartphone consume tanta energía como utilizar un smartphone existente durante toda una década.

Cómo están las cosas ahora mismo, los teléfonos inteligentes son prácticamente dispositivos desechables, pues están programados para que en promedio su vida útil sea de tan sólo dos años, siendo esto una carga ambiental que sin duda tenemos que resolver de alguna manera.

Construir un nuevo smartphone, y en especial, extraer algunos materiales poco comunes necesarios para su fabricación, es el punto de quiebre en el que todo lo que se debe hacer para llevar a las manos de los consumidores un teléfono se vuelve preocupante, al menos para aquellos que piensan de verdad en el bien del planeta. Este primer proceso previo a la construcción representa del 85% al ​​95% de las emisiones totales de CO2 del dispositivo durante dos años, lo que significa que comprar un teléfono nuevo requiere tanta energía como recargar y operar un smartphone ya creado durante diez años.

El estudio en mención que me hizo cuestionar el impacto que deja la fabricación acelerada de smartphones en el medio ambiente fue llevado a cabo por investigadores de la Universidad McMaster y publicado por el Journal of Cleaner Production; y básicamente buscaba evaluar la huella de emisiones globales de carbono de las TIC (computadoras de escritorio, portátiles, monitores, teléfonos inteligentes, servidores, y en general todas la tecnologías de la información y la comunicación) entre el 2010-2020, y también sirvió para predecir el impacto que esto tendrá durante los próximos 20 años.

Como era de esperarse, el análisis no dejó buenas noticias. A pesar de que los celulares ahora son mucho más pequeños que los enormes “bloques” de 15 años atrás, en la época moderna los teléfonos están consumiendo mucha más energía, y el impacto de la tecnología en el medio ambiente no ha hecho más que empeorar.

Mientras que en 2007 las TIC representaron el 1% de la huella de carbono en el mundo, esta cifra al día de hoy se ha triplicado, y se prevé que superará el 14% para el año 2040, lo que significa que la industria TIC representará la mitad del impacto de carbono de toda la industria del transporte, algo tan increíble como negativo.

Como si eso fuera poco, también se espera que para el año 2020, la huella de carbono generada únicamente por la industria de teléfonos inteligentes superaría la contribución individual de los equipos de escritorio, portátiles y pantallas, una prueba más de que las cosas no van por buen camino. Esto sin pensar en la cantidad de recursos involucrados en la creación de un smartphone, como el níquel, litio, cobalto, cadmio, zinc, cobre, cristales, entre otros, que de alguna manera también representan un impacto directo en el ambiente.

Pero reducir el impacto negativo no parece una tarea sencilla. No sólo la fabricación de nuevos teléfonos inteligentes consume energía. La actividad de los usuarios también lo hace, y cada vez en mayor medida. Acciones como subir fotos a las redes sociales, desplazarse por el News Feed de Facebook, debatir en Twitter, ver historias en Instagram o consumir videos de YouTube, requieren de un servidor todo el tiempo activo que gestione las peticiones de los usuarios, y como bien sabemos, esto equivale a miles de millones de acciones por día, lo que se traduce en miles de servidores supremamente saturados de información consumiendo energía las 24 horas del día, los 365 días del año, para que los usuarios puedan estar siempre online.

Aunque siguiéramos utilizando el mismo smartphone durante 4 años (el doble de su vida útil promedio), los servicios que utilizamos seguirán siendo una carga energética bastante elevada. Carga que recordamos, años atrás representaba números más insignificantes.

La llegada del IoT sería la última pincelada

Como si el tema de los smartphones no fuera lo suficientemente preocupante para los ambientalistas, estamos en la puerta de una adopción masiva del Internet de las Cosas, lo que rápidamente duplicaría el número de dispositivos conectados e incrementaría de manera abismal la cantidad de peticiones en la nube de aparatos en busca de datos.

Lo cierto del caso es que estamos en una era en la que la información es uno de los activos más valiosos, y eso ha sido demostrado mil veces, aunque para una pequeña muestra tenemos el reciente escándalo de Facebook protagonizado por la firma Cambridge Analytica. Lo que de alguna manera, nos obliga a pensar en soluciones más amigables con el medio ambiente para satisfacer las necesidades actuales de la industria, como el uso de energías renovables, una mayor exploración en componentes alternativos, y en especial, verdaderas prácticas de reciclaje de las piezas de los dispositivos que por determinado motivo hemos dejado de utilizar.


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